El estrepitoso silencio en el cuarto
era esa persona cantando,
como maravillada en un mundo
que se pinta muy lejos.
Un mundo de sonrisas e hipocresías,
o de lugares donde las máscaras
se eliminan.
Por la cruda cortina o manta
que cubre sus mejillas,
su cuerpo delicado por la desdicha,
por la triste noche de un día
que, habiendo explotado,
se desatornilla.
Porque las personas que habitan
no se maquillan,
solo existen en el día.
El estrepitoso silencio del cuarto
era una voz cantando en la penumbra,
como si un alma perdida
se maravillara ante un mundo
pintado demasiado lejos.
Un mundo de sonrisas aprendidas
y de hipocresías que florecen,
de lugares donde las máscaras
caen lentamente
cuando la verdad
rasga la piel de la noche.
Una cortina cruda, áspera,
cubre sus mejillas cansadas;
su cuerpo, frágil arquitectura,
tiembla bajo el peso
de una desdicha antigua.
Y en la triste noche de un día
que explotó en silencio,
la realidad se afloja,
como un tornillo vencido por el tiempo.
Porque las personas que habitan ese mundo
no necesitan maquillarse:
son sombras desnudas
que solo se atreven a existir
cuando el día las ilumina.


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